Los materiales y las alturas no se eligieron por moda, sino por cómo se siente el recorrido. Un techo alto y otro bajo no son la misma casa: cambian cómo hablas, cuánto te quedas y hasta cómo descansas. Esa es la parte de nuestro trabajo que llamamos neuroarquitectura, y es más concreta de lo que suena.
El pasillo ajardinado funciona como transición entre el exterior y las zonas de estar: no se pasa de golpe de la calle a la sala, hay un momento intermedio con vegetación y luz filtrada. El comedor abre hacia el patio para que la vida de la casa gire ahí, que es lo que de verdad ocurre en una casa de campo.
El proyecto se planteó bajo el esquema llave en mano: un solo interlocutor desde el primer boceto hasta la entrega, con presupuesto desglosado por precios unitarios —cada concepto con su cantidad, su precio y su total— para que el cliente sepa en qué se va cada peso y pueda ajustar alcances sin quedarse a ciegas.
El proyecto en imágenes



