Un gimnasio de barrio compite con el de la esquina y con la sala de casa. Lo que lo sostiene no es el equipo —ese lo tienen todos— sino si da ganas de estar ahí una hora, cinco veces por semana. El proyecto se ordenó alrededor de esa pregunta.
El local da a la calle con un ventanal continuo y la decisión de partida fue no taparlo. Entrenar con luz natural cambia cómo se siente el esfuerzo, y de paso el negocio se anuncia solo ante quien pasa. Los 116 m² se dejaron en una sola pieza, sin dividir, para que la sala se lea completa desde la entrada.
La losa quedó aparente, con las instalaciones a la vista y la vegetación acompañando las tuberías. En un local bajo, un plafón se come justo la altura que hace falta: se ganó volumen dejando la estructura vista y haciéndola parte del tema.

De día y de noche
La misma sala, doce horas después
Al anochecer el espacio no se apaga: cambia. La iluminación lineal verde recorre el techo con un trazo continuo y convierte la sala en otra cosa sin mover un solo mueble. Es exactamente el mismo encuadre de la foto anterior.
Para un negocio que abre a las seis de la mañana y cierra a las diez de la noche, tener dos atmósferas con una sola instalación no es un capricho: es aprovechar el mismo metro cuadrado dos veces.

Entrada
La recepción
La recepción concentra la identidad: el logotipo retroiluminado sobre el papel de hojas, el lambrín de madera vertical y el muro vegetal que baja desde la losa. Es lo primero que se ve al entrar y lo que la gente fotografía — que en un negocio así vale más que un anuncio.



